Una mujer joven, en la treintena, atractiva e inteligente, casada y viviendo con su familia, me pidió ayuda. Llevaba 15 años en tratamiento psiquiátrico con tranquilizantes. Y ¿por qué? Muy sencillo: nada más verla entrar, andar y hablar, los “expertos” la habrían etiquetado de hiperactiva, nerviosa, es decir, la viva imagen de un cocktail de síndromes que ella misma se había creído y con los que se había acostumbrado a vivir, aceptando que era ella la que estaba mal.. En efecto, ese era el diagnóstico que le había dado su psiquiatra, apoyando el que le había inoculado su “querida familia” desde pequeña: “eres muy nerviosa, no paras, estate quieta, cállate, siéntate, no molestes, ¿por qué no puedes ser “normal”? ¿por qué siempre tienes que estar haciendo tantas cosas?” y lógicamente, de mayor, buscó una pareja donde la copia de rol se mantuviese, porque era a lo que estaba acostumbrada y creía que era lo que merecía. El mensaje de su entorno era “tú estás mal y nosotros somos los que estamos bien”.
Sin embargo yo no la etiqueté de ninguna manera. Simplemente le hice ver que era una persona Visual. Le reconocí como recursos y cualidades todas aquellas características que los demás, incluido su psiquiatra, le habían etiquetado como “trastornos”. Sin conocer a su entorno, le presenté una serie de características distintas a las suyas que, imaginé, debían poseer y manifestar sus familiares, ante las cuales, con gran asombro por su parte, contestó afirmativamente a todas y cada una de ellas. No podía dar crédito. ¿Era eso sólo en realidad? Le dije que lo comprobara, que se pusiera a prueba ella misma: que respirase más lentamente, desde la zona del abdomen o del diafragma, que anduviese más despacio, como si estuviese paseando, que se moviese como si fuese a cámara lenta, que observara, escuchara y contase hasta 5 antes de hablar y que comprobase el resultado en sí misma y con los demás.
Inmediatamente empezó a sentirse mejor. Me comentó que su entorno también empezó a decirle que la veían mucho más tranquila, señal que el tratamiento por fin surtía efecto. No sabían que lo había dejado ya que no necesitaba tomarse nada. Su cerebro funcionaba a la perfección, a pesar de la medicación a que se la había sometido durante tantos años, innecesariamente. El de los demás también. Sólo que muy pocos conocen por qué los ritmos y las actitudes son diferentes: sólo los expertos en PNL. Todas esas diferencias se explican en un sencillo primer módulo para no iniciados, de Programación Neurolingüística, que hasta los niños entienden, y por cierto, ellos mucho mejor que los adultos.
Este linda mujercita, tras conocerse mejor a sí misma, reaccionó con un sentimiento de dolor y rabia, ya que desde pequeña todos la habían estado tratando de hacer cambiar para que fuera como “ellos”. Nunca se había sentido aceptada tal como era, ni respetada por lo mismo. No sólo dejó atrás a su psiquiatra y sus drogas, sino también a su familia y marido. Vive sola, es feliz, por fin está haciendo lo que quería. Ha montado su propia empresa (nadie le había dejado nunca hacerlo, porque “¿para qué tienes que hacer nada? Y además tú estás en tratamiento, ya sabes…”), y es una mujer de éxito, llena de recursos. Hace poco me comentó que ha encontrado otra pareja que no sólo la acepta como es, sino que además la potencia para que siga creciendo y es muy feliz. Me alegro de que esta historia haya acabado felizmente. Puede que ésta sea la excepción que confirma la regla.
Texto recogido del artículo de Inma Capo “SOS: Ayudemos a nuestros niños“